GRAN CANARIA, MUCHAS ISLAS EN UNA Y TODAS MERECEN LA PENA

Gran Canaria es una isla con muchas islas dentro. Costumbres, sabores, sonidos y tradiciones dispares en una pirámide volcánica de apenas 55 kilómetros de largo por 47 de ancho. En Gran Canaria existen pináculos volcánicos que recuerdan a los del Monument Valley estadounidense. Mares de dunas que parecen una prolongación del Sáhara. Palmerales que incitan a pensar en oasis de Mesopotamia. Pinares que nada tienen que envidiar a los de los Pirineos. Un continente en miniatura donde, a pesar del turismo masivo que colonizó el sur de la isla, aún se conserva esa esencia rural de corales y folías, de gofio, millo y tea, en la que una gota de agua era un tesoro, presente en lugares como el barranco de Tirajana, las cumbres de Tejeda o los acantilados de Agaete, entre roques y malpaíses, entre piedras basálticas y campos de tuneras.

Toda visita a la tercera en tamaño de las islas canarias debe empezar por su capital, Las Palmas de Gran Canaria. El nombre parece un poco largo, pero hay que decirlo así; Las Palmas a secas no es correcto. Es una ciudad moderna, multicultural, con uno de los puertos más activos de Europa. Y una larga historia. Una ciudad que se gusta a sí misma en su condición de batiburrillo tricontinental. Porque Europa, África y América se mezclan aquí de tal manera que un día te sientes en una ciudad colonial del llamado Nuevo Mundo; otro, en un pueblo de Andalucía, y en ocasiones en un mercado africano. Sobre todo, en los barrios de fuerte presencia mauritana.

No te puedes perder sus barrios históricos, Vegueta y Triana. En el primero nació la ciudad en 1478, cuando se establecieron los primeros castellanos e iniciaron la conquista de Canarias. El segundo es la ampliación mercantil y burguesa del primero durante los años de bonanza que trajo la caña de azúcar. Al poco de fundarse pasó por aquí un navegante que se haría luego muy famoso: Cristóbal Colón, que hizo varias escalas en el puerto durante sus viajes rumbo al continente americano. De hecho, el gran atractivo de Vegeta es la Casa de Colón, un conjunto de varias viviendas coloniales, entre las que destaca la antigua Casa del Gobernador, lugar donde se hospedó Colón en 1492 durante su parada para reparar La Pinta antes de continuar su viaje hacia lo que él aún creía que eran las Indias. La Casa junto con la vecina catedral, las calles peatonales, las casonas de piedra volcánica, la gran plaza de Santa Ana y otros muchos rincones encantadores forman una ruta urbana imprescindible.

Como imprescindible es ir a Las Canteras, una de las mejores playas urbanas de España. En total, tres kilómetros de arenal y paseo marítimo donde a cualquier hora se escenifica el teatrillo de la vida social isleña. Una especie de Central Park playero donde se mezcla toda la fauna local y forastera de la manera más natural.

Gran Canaria es una de las islas más antiguas del archipiélago, pero lleva más de nueve millones de años desgastándose, por lo que su perfil resulta más achaparrado que otras islas jóvenes, como El Hierro, La Palma o Tenerife, lo que no quita para que sus cumbres formen una barrera suficiente para frenar los vientos alisios y dividirla en dos grandes zonas climáticas: al norte y al centro, el verde y la humedad; al sur, el paisaje seco y árido del volcán desnudo.

El norte de Gran Canaria, por ejemplo, es una sucesión de biotopos perfectamente reconocible conforme se va ganando altura, desde el ambiente casi sahariano de los bordes litorales a los bosques húmedos que rodean el Roque Nublo, en la cima de la isla, a la que Unamuno definió como “una tempestad petrificada”. Cualquiera de las estrechas y sinuosas carreteras que suben desde la capital en busca de la cabecera de los valles del norte permiten experimentar en poco más de una hora la extraña sensación de empezar el viaje como en el desierto africano y acabarlo como en las verdes cimas alpinas de Suiza o Austria, solo que en este caso rodeado de inmensos bosques de pino canario, una especie de conífera capaz de regenerarse después de los incendios, adaptación muy útil en un archipiélago volcánico como este. El pinar del parque natural de Tamadaba, repartido entre los municipios de Artenara, Agaete y Aldea de San Nicolás, es el más alto de la isla y un buen lugar para disfrutar de esta especie autóctona.

El sur, debido a ese efecto pantalla de las mismas cumbres que mantiene la humedad en el norte, es una sucesión de hábitats áridos que culminan en la máxima expresión del desierto: las dunas de Maspalomas, uno de los paisajes más fascinantes del archipiélago. Todo es poético aquí, desde las líneas ondulantes que perfilan las dunas, como ondas de oro que se incendian cada atardecer, al nombre de la escasa y tenaz vegetación que sobrevive en este mundo seco e inhóspito: el balancón, el tarajal, las siemprevivas, las aulagas o el balo. Bueno, todo no. Rodeando este mar de arena hay otro de hormigón y asfalto que resume todos los desmanes del turismo de masas ramplón de las décadas del desarrollismo. Playa del Inglés, Maspalomas, Puerto Rico… en los municipios del sur hay mares de apartamentos, hoteles y centros comerciales donde se amontonan los casi cinco millones de turistas anuales que llegan en busca de sol, playa y cerveza barata.

La inmensa mayoría de ellos desconoce, por ejemplo, otro elemento característico de la orografía grancanaria: los barrancos. Los barrancos son el principal rasgo diferencial de una isla montañosa y de gran verticalidad. Grandes tajos que rasgan la corteza desde la cumbre, a casi 2.000 metros, hasta el mar y hacen de refugio a gran parte de su biodiversidad. Están llenos de senderos de diferentes niveles de dificultad. Aunque hay muchísimos, recomiendo el barranco de Guayadeque, entre los pueblos de Agüimes e Ingenio. Es precioso y sus paredes pueden alcanzar desniveles superiores a los 300 metros. Y al norte, el barranco de Azuaje y el barranco de Los Tilos, parte de la antes conocida como Selva de Doramas, donde se puede caminar entre fragmentos boscosos de laurisilva.

Los barrancos de San Bartolomé de Tirajana fracturan todo el sector sudeste de la isla, como si alguien hubiera pasado un rastrillo gigantesco desde la cumbre hasta las playas de Maspalomas. Entre estos esófagos de piedra, a veces de proporciones increíbles, se esconden parajes fabulosos como el monumento natural de los riscos de Tirajana, un espacio protegido, o el palmeral de Taidia, donde hay numerosos yacimientos prehispánicos. En el barranco de Fataga se localizó la interesante necrópolis de Arteara, un cementerio prehispánico con unas 800 sepulturas de los antiguos canarii. Con todo, el sitio más destacado desde el punto de vista arqueológico y cultural es Risco Caído, un antiguo asentamiento de cuevas donde destaca la cueva C6, un singular y mágico santuario aborigen. Los canarii construyeron allí una especie de marcador del tiempo excavando en la gruta un canal por donde entra la luz del sol y de la luna en una cámara llena de grabados en bajo relieve.

Al viajero poco exigente o que no sale más allá de los lindes de la playa puede parecerle que en Gran Canaria todas las poblaciones son iguales: funcionales y modernas, llenas de hoteles e instalaciones para el turista. Es porque no ha subido a las medianías, palabra hermosa también donde las haya que en las islas marca esa zona de media altura, entre los 600 y 800 metros sobre el nivel del mar, donde los castellanos construyeron los primeros asentamientos urbanos de las islas para protegerse de los continuos ataques de piratas y para aprovechar la mejor bonanza del clima en estas alturas y el mayor grado de humedad para los cultivos. Así que, para ver aún pueblos de piedra y cal, casas solariegas canarias de grandes balconadas de madera o viviendas humildes de muros recios de piedra volcánica, pequeños vanos en los muros y techo de madera a cuatro aguas hay que subir a las medianías. Pueblos como Teror, que parece flotar sobre una altiplanicie rodeada de grandes paredes rocosas. Como Arucas, asentada en la ladera de un cono volcánico, otra de las villas históricas, fundada en 1502 en torno a una ermita. O como Agüimes, Ingenio, Moya… Localidades aún con sabor local, donde la vida canaria transcurre al ritmo sosegado de siempre, ajena al bullicio y el cosmopolitismo de los grandes centros de apartamentos y hoteles de la costa sur.

Agaete es un coqueto pueblo de pescadores donde se celebra una de las fiestas más singulares de toda la isla: la Fiesta de La Rama, cada 4 de agosto. Es, además, el único lugar de la Unión Europea (junto con las islas Azores) donde se cultiva café. Desde Agaete parte una carretera que lleva hasta la aldea de San Nicolás. Un recorrido que corta la respiración. La vieja pista asfaltada tiene 365 curvas en apenas 32 kilómetros y está considerada una de las rutas en coche más bellas de todas las islas Canarias, aunque ojo, porque en época de lluvias resulta peligrosa por los desprendimientos.

Es hora de terminar la ascensión y alcanzar por fin la cima de la isla, que también es un centro geográfico. Aquí esperan una de las localidades más pintorescas de la isla, el caserío de Las Lagunetas, y los dos roques (pináculos de roca basáltica) más conocidos y famosos de Gran Canaria: el Roque Nublo y el Roque Bentayga, cuyo singular perfil, convertido en icono de la isla, se eleva hasta 1.404 metros, con más de 600 de desnivel sobre la llanura donde se asienta el pueblo. Los roques, con su estilizada figura dominando el paisaje como un dedo acusador o protector de un dios mitológico, fueron venerados por los antiguos canarii y convertidos en lugares sagrados. Aún hoy son el símbolo de la afirmación canaria y también su paisaje más reconocible.

Un poco más arriba, a unos 1.450 metros de altitud, se halla la Cruz de Tejeda, donde confluyen la mayoría de carreteras de la isla y que fue siempre una encrucijada de caminos importante para la circulación de personas, mercancías y transhumancia de ganado de una vertiente a otra. El paisaje de Tejeda es soberbio, con una caldera volcánica formada por el colapso del antiguo volcán que la rellenaba. Desde aquí arriba se ve, a lo lejos, al final de una lámina sedosa de aguas azules, la isla de Tenerife, coronada por la silueta característica del Teide.

Si el atardecer nos pilla en estas cumbres de Tejeda, Gran Canaria nos regalará uno de los espectáculos visuales más gratificantes del archipiélago, más aún si es invierno y la cumbre del Teide mantiene una ligera cubierta de nieve. En esas circunstancias, con las luces rojizas del ocaso cubriendo el Atlántico y la pirámide vertical del Teide recortándose sobre ellas como un cono mágico que emergiera del fondo del mar, es cuando esta isla abrupta, redondeada, de duro corazón volcánico pero llena de gente dulce y amable, cubierta de pinares, palmerales y dunas de dorada arena regala su mejor postal.

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2026-06-01T04:30:31Z